Japón, la tercera economía más grande del planeta, atraviesa desde hace más de treinta años un escenario que muchos especialistas consideran una advertencia para el resto del mundo. Tras un período de crecimiento explosivo entre los años 60 y 80, e incluso proyecciones que insinuaban que algún día superaría a Estados Unidos, el país ingresó en una prolongada fase de estancamiento que desafía los manuales económicos tradicionales.
Del auge a la burbuja: el quiebre que marcó a una generación
El punto de inflexión llegó en 1985 con el Acuerdo Plaza, firmado para devaluar el dólar frente a varias monedas, incluido el yen. La medida fortaleció fuertemente la moneda japonesa, encareció las exportaciones y, al mismo tiempo, alimentó una burbuja financiera sin precedentes. El valor de los terrenos y activos se multiplicó y Tokio se transformó en el epicentro del gasto corporativo global.
El ciclo terminó abruptamente a comienzos de los 90: la burbuja inmobiliaria estalló, los precios se derrumbaron, los bancos quedaron expuestos y millones de familias vieron evaporarse su patrimonio. La economía entró en deflación y la demanda interna cayó drásticamente. Nacía la llamada “década perdida”, que pronto se convertiría en varias.
Las recetas que no lograron reactivar la economía
Para revertir el estancamiento, Japón aplicó antes que nadie medidas que hoy son comunes en las potencias occidentales: tasas de interés cercanas a cero, tasas negativas y una agresiva flexibilización cuantitativa. El Banco Central llegó a comprar bonos gubernamentales, corporativos e incluso acciones, convirtiéndose en uno de los principales tenedores del mercado.
Sin embargo, estas políticas no lograron generar un crecimiento sostenido ni una inflación estable. Entre las explicaciones más aceptadas se destacan tres factores:
• un proceso de estímulo prolongado y no abrupto;
• una capacidad productiva estable, sin disrupciones severas;
• una cultura económica que desalienta aumentos salariales y rechaza la inflación.
El envejecimiento poblacional: un desafío sin precedentes
A este escenario se suma el profundo envejecimiento demográfico. Las bajas tasas de natalidad, la alta esperanza de vida y la resistencia cultural a la inmigración redujeron significativamente la fuerza laboral disponible. La carga sobre los trabajadores jóvenes aumentó y la presión sobre los sistemas de seguridad social se intensificó, limitando aún más el crecimiento potencial.
Una economía sólida, pero sin expansión
A pesar de todos estos desafíos, Japón mantiene una economía altamente industrializada, estable y de gran tamaño—supera los 5 billones de dólares de PBI—, además de un elevado ingreso per cápita. Sin embargo, el crecimiento real continúa prácticamente congelado desde los años 90, un fenómeno único entre las grandes economías del mundo.
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Redacción: Diario Inclusión.










