Cada 27 de noviembre, fieles de todo el mundo renuevan su devoción a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, una de las advocaciones marianas más difundidas y queridas dentro de la Iglesia Católica. La conmemoración rememora aquel día de 1830 en el que la Virgen María, según narró la humilde novicia de la Caridad Sor Catalina Labouré, le pidió acuñar una medalla especial con una plegaria que hoy recorre el mundo: “Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”.
De acuerdo con la tradición, los numerosos testimonios de favores y gracias atribuidos a la medalla hicieron que rápidamente se la conociera como “Milagrosa”, consolidando una devoción que se expandió desde Francia hacia todos los continentes. En Argentina, como en muchos países de la región, la jornada convoca misas, rezos y gestos de gratitud por la protección maternal de la Virgen.
La oración propia de esta festividad vuelve a recordarnos el sentido profundo de la celebración: pedir la intercesión de María Inmaculada y confiar en su compañía espiritual. “Oh Señor Jesucristo —reza la tradicional plegaria— que quisiste ilustrar a la Santísima Virgen María tu Madre, Inmaculada desde su origen, con innumerables milagros: concédenos que, implorando incesantemente su patrocinio, consigamos las alegrías eternas”.
En templos, hogares y comunidades, esta fecha se vive con recogimiento y esperanza, como una invitación a fortalecer la fe y renovar el compromiso espiritual.
Redacción diario inclusión










