La historia de San Pablo el Ermitaño es uno de los testimonios más profundos de fe, humildad y entrega absoluta a Dios. Su vida fue relatada por San Jerónimo alrededor del año 400 y se convirtió en un ejemplo trascendental de espiritualidad para la Iglesia.
Pablo nació hacia el año 228 en la región de la Tebaida, a orillas del río Nilo, en Egipto. Huérfano desde muy joven, fue educado en la cultura griega y egipcia, destacándose por su bondad y profunda piedad. Durante la persecución del emperador Decio, cuando muchos cristianos eran obligados a renegar de su fe, decidió huir al desierto para no traicionar sus creencias.
En la soledad del desierto encontró antiguas cuevas donde se refugió durante décadas. Allí vivió con lo esencial: hojas de palmera como vestido, dátiles como alimento y una fuente de agua para subsistir. Con el tiempo, comprendió que ese aislamiento no era una huida, sino una forma más profunda de servir a Dios, dedicando su vida a la oración y la penitencia por la salvación del mundo.
Según San Jerónimo, Dios nunca lo abandonó. En los momentos de mayor escasez, un cuervo le llevaba diariamente medio pan, símbolo de la providencia divina. Tras más de 70 años de vida solitaria, su historia salió a la luz cuando fue visitado por San Antonio Abad, quien lo reconoció como un santo de extraordinaria humildad.
San Pablo murió en el año 342, a los 113 años, en actitud de oración. Incluso su sepultura estuvo rodeada de signos milagrosos: dos leones cavaron la tumba donde fue enterrado por San Antonio. Desde entonces, es recordado como el primer ermitaño, pionero de una vida consagrada completamente a Dios lejos del mundo material.
Su ejemplo de silencio, desapego y contemplación continúa invitando a reflexionar sobre el sentido profundo de la fe, la humildad y la búsqueda de la salvación eterna.
Redacción Diario Inclusión










