Durante la primera semana de enero, el mercado argentino vivió un verdadero vaivén de tasas de interés. En apenas días, los rendimientos pasaron de un 65% a un pico cercano al 140%, para luego desplomarse hacia la zona del 40%. Este comportamiento errático expuso las fragilidades del modelo económico libertario, que había prometido estabilidad y confianza para los negocios.
El inicio del año trajo un alivio fugaz: la tasa de caución a un día se derrumbó en dos ruedas desde niveles superiores al 65% hasta el 35%. Sin embargo, la calma duró poco. La primera semana cerró con tasas que rozaron el 150% anualizado, generando desconcierto en la City y obligando a los operadores a refugiarse en estrategias defensivas de trading.
Ese giro financiero golpeó de lleno a las empresas productivas. Ledesma, uno de los grupos agroindustriales más importantes del país, cerró su último ejercicio con pérdidas cercanas a los $25.000 millones, atribuyendo gran parte del deterioro al costo financiero. “El peso de las tasas es imposible de absorber”, reconocieron desde la compañía.
La crítica también llegó desde el corazón del establishment. Milagros Brito, heredera del Grupo Macro, fue tajante: “Con tasas así no hay inversión que cierre”. Su diagnóstico incomodó al discurso oficial, que insiste en que el clima de negocios es saludable. La contradicción es evidente: mientras el gobierno promueve inversión privada, las tasas destruyen balances y vuelven impagables los endeudamientos.
El problema no se limita al crédito en pesos. Desde la asunción de Javier Milei, muchas empresas se endeudaron en dólares. Con el financiamiento cortado, varias entraron en default. San Miguel debió reestructurar su deuda y sigue al borde del colapso; Bioceres, símbolo de innovación agroindustrial, no pudo evitar la cesación de pagos; y Albanesi, referente energético, enfrentó múltiples reestructuraciones para esquivar el default.
La petrolera Aconcagua también quedó atrapada en el clásico dilema de liquidez: activos de largo plazo financiados con deuda de corto plazo. Mientras hubo apetito por obligaciones negociables, el modelo funcionó. Cuando esa ventana se cerró, la empresa quedó expuesta a un esquema financiero insostenible.
Los casos revelan que no se trata de falta de innovación ni de potencial productivo. El verdadero problema es macroeconómico: un modelo debilitado por la volatilidad de tasas, que convierte al crédito en un obstáculo en lugar de una palanca para la reactivación.
✍️ Redacción Diario Inclusión










