La deuda global ya supera los 300 billones de dólares, una cifra que equivale a casi tres veces el Producto Bruto Interno (PBI) mundial, y que vuelve a encender el debate sobre la sostenibilidad del actual modelo económico. Estados Unidos, la principal economía del planeta, encabeza el ranking con más de 31,5 billones de dólares de deuda pública federal, a lo que se suman billones en deuda estatal, corporativa y de los hogares.
Lejos de tratarse solo de números abstractos, el endeudamiento atraviesa a gobiernos, empresas y familias en todo el mundo. En promedio, cada persona carga con una deuda cercana a los 40 mil dólares, mientras que la producción per cápita global apenas supera los 10 mil dólares anuales, una brecha que alimenta preocupaciones sobre el futuro del crecimiento económico.
Deuda global: no es como la deuda de una familia
A diferencia de la deuda individual, la deuda mundial no se le debe a una entidad externa. En términos macroeconómicos, cada pasivo es también un activo para otro actor del sistema, lo que lleva a los economistas a afirmar que, a escala global, el mundo “se debe dinero a sí mismo”. Por cada dólar de deuda, existe un dólar equivalente en activos.
Desde esta perspectiva, el endeudamiento no es necesariamente negativo. Cuando se utiliza para invertir en infraestructura, educación, tecnología o capacidad productiva, puede impulsar el crecimiento económico y generar mayor riqueza futura. El problema surge cuando la deuda se destina a actividades que no aumentan la producción ni generan valor sostenido.
El ciclo de la deuda y el rol de los gobiernos
La economía mundial funciona bajo lo que los economistas llaman el ciclo de la deuda. En períodos de confianza y crecimiento, hogares y empresas se endeudan más para consumir e invertir. Cuando la deuda se vuelve excesiva, el gasto cae y la economía se desacelera.
En ese contexto, el rol de los Estados es clave. En teoría, los gobiernos deberían aplicar políticas fiscales contracíclicas: ahorrar y recaudar más en los buenos tiempos, y gastar más en las crisis. Sin embargo, en la práctica, la mayoría de los países ha hecho lo contrario durante décadas, acumulando deuda incluso en períodos de expansión económica.
Más riqueza, pero menos productiva
A nivel global, el valor de los activos —viviendas, acciones, bonos, autos y otros bienes— ronda el cuatrillón de dólares, lo que deja un patrimonio neto mundial cercano a los 700 billones de dólares tras descontar la deuda. En términos generales, el planeta es hoy más rico que nunca.
Sin embargo, esta riqueza creció más rápido que la producción. En los últimos 50 años, el patrimonio neto global aumentó cerca de un 50% en relación al PBI, lo que indica que las inversiones son hoy menos productivas que en el pasado. Gran parte del capital se volcó a activos improductivos, especialmente bienes raíces, cuyo valor global ronda los 350 billones de dólares, con una fuerte predominancia del precio de la tierra por sobre la infraestructura productiva.
El verdadero riesgo
El mayor peligro no es el nivel de deuda en sí, sino qué ocurre cuando cae el valor de los activos. En escenarios de crisis, los precios de acciones, inmuebles u otros bienes pueden desplomarse rápidamente, mientras que las deudas permanecen. Esa combinación agrava las recesiones y aumenta la presión sobre hogares, empresas y Estados.
Además, aunque a escala global la deuda parezca “neutral”, a nivel nacional y social no lo es. El 95% de la riqueza mundial está en manos de los hogares, con una fuerte concentración en los sectores más ricos, mientras que muchos gobiernos presentan patrimonio neto negativo. Esta desigualdad limita la capacidad de respuesta ante crisis y profundiza tensiones económicas y sociales.
Una advertencia para el futuro
Los economistas coinciden en que la deuda puede ser una herramienta poderosa para el desarrollo, pero solo si se orienta a proyectos que aumenten la productividad real. Cuando se usa para sostener consumo improductivo o alimentar burbujas especulativas, se convierte en una amenaza.
En un mundo cada vez más endeudado, la discusión ya no pasa solo por cuánto se debe, sino por para qué se debe. De esa respuesta dependerá si la deuda global impulsa un crecimiento sostenible o si termina profundizando la próxima gran crisis económica.
Redacción: Diario Inclusión.










