Lejos de una potencia imparable, China enfrenta una de las crisis estructurales más profundas de su historia reciente. El desplome del sector inmobiliario —eje del crecimiento durante décadas— dejó fábricas encendidas sin compradores. Entre enero y noviembre de 2024, la inversión inmobiliaria cayó un 10,4%, las ventas de viviendas se desplomaron más de 14% y el valor de esas operaciones retrocedió casi un 20%, según datos oficiales del propio gobierno chino.
Este derrumbe no es coyuntural: marca el final de un modelo basado en construir sin límites. El problema es que Pekín no puede apagar las máquinas sin asumir un costo social explosivo.
Sobrecapacidad y producción sin demanda
La industria china produce mucho más de lo que su propio mercado puede absorber. En el último trimestre de 2024, la utilización de la capacidad industrial fue apenas del 76,2%, un nivel que en términos reales implica pérdidas constantes para las empresas.
Para sostener el sistema, el Partido Comunista optó por una huida hacia adelante: producir a toda velocidad y vender afuera, incluso a precios de derribo. El resultado es una caída del 3,3% en los beneficios industriales durante 2024, a pesar del aumento de la producción.
Dumping como política de Estado
China decidió trasladar su crisis al resto del mundo. En 2024, las exportaciones crecieron un 7,1% y el superávit comercial saltó un 22,2%, alcanzando cifras récord.
No se trata de competitividad genuina, sino de dumping sostenido por subsidios estatales masivos.
El caso más visible es el del automóvil eléctrico: más del 55% de los vehículos eléctricos importados por la Unión Europea provienen de China. Bruselas respondió con aranceles de hasta el 35,3%, aunque incluso esas barreras parecen insuficientes frente a la ventaja estructural china.
El acero, la energía y el empleo bajo ataque
El impacto no se limita a los autos. El acero, base de toda la industria pesada, enfrenta una sobrecapacidad global que superará los 700 millones de toneladas en los próximos años, con China como principal responsable. Ese excedente terminará en los puertos occidentales a precios imposibles de igualar.
Algo similar ocurre con los paneles solares: la capacidad mundial de fabricación duplica la demanda real, hundiendo los precios y destruyendo industrias locales. Lo barato hoy, advierte el informe, es desempleo mañana.
Trabajo barato, empleos perdidos
La avalancha de importaciones chinas mantiene artificialmente bajos algunos precios, pero a costa del empleo. Estudios citados en el documento muestran que por cada 1.000 dólares adicionales en importaciones chinas por trabajador, el empleo manufacturero local cae casi un 0,6%.
Entre 1999 y 2011, esta dinámica provocó la pérdida de hasta 2,4 millones de empleos industriales. Y cuando cae una fábrica, el daño se multiplica: cada puesto industrial sostiene más de dos empleos adicionales en la economía local.
Dependencia estratégica y riesgo futuro
El dumping no es el final del plan, sino el principio. China ya domina cerca del 85% de la capacidad global de producción de baterías. Primero vende barato para eliminar competidores; después fija las reglas cuando la dependencia es total.
Frente a este escenario, Estados Unidos y la Unión Europea comenzaron a reaccionar con subsidios, aranceles y políticas de reindustrialización. Pero el informe advierte que el margen de maniobra se achica rápidamente.
Una decisión que ya no es técnica, sino política
El mundo enfrenta una disyuntiva clara: aceptar productos baratos que destruyen la industria local o reconstruir la soberanía productiva, aun a mayor costo. China ya eligió su camino. La pregunta abierta es si Occidente llega a tiempo para evitar que el “plan 2026” termine consolidando una dependencia irreversible.
Redacción: Diario Inclusión.










