El arsénico es un elemento químico de origen geológico que se encuentra de manera natural en la corteza terrestre y puede disolverse en el agua subterránea. En Argentina, su presencia en las napas de distintas provincias plantea un desafío sanitario que involucra a millones de personas, según investigaciones del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y reportes de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La intoxicación aguda por arsénico es poco frecuente y suele estar vinculada a accidentes o intentos de suicidio. El médico toxicólogo Carlos Damin, profesor de la UBA y presidente de Fundartox, explicó que este cuadro “es generalmente mortal y genera diarreas acuosas que rápidamente terminan en una falla multiorgánica”. Los síntomas inmediatos incluyen vómitos, dolor abdominal, calambres y, en casos extremos, la muerte.

El principal peligro, sin embargo, está en la exposición crónica a dosis bajas de arsénico durante años, especialmente en zonas donde el agua de pozo no recibe controles adecuados. Esta situación provoca el desarrollo del hidroarsenicismo crónico regional endémico (ACRE), una enfermedad reconocida en Argentina desde hace más de un siglo.
Francisco Dadic, especialista en Toxicología y director de la Fundación Iberoamericana de Salud Pública, detalló que el ACRE se manifiesta inicialmente con alteraciones en la piel: sudoración excesiva, descamación y picazón en palmas y plantas. Con el tiempo, pueden aparecer manchas oscuras, lesiones verrugosas y, en etapas avanzadas, cánceres de piel de tipo basocelular y espinocelular.

Estas manifestaciones cutáneas pueden tardar décadas en desarrollarse. Además, el arsénico actúa como agente procancerígeno y puede inducir distintos tipos de cáncer en órganos internos. El diagnóstico de ACRE suele contemplarse en regiones afectadas, especialmente ante casos de fibrosis pulmonar.
El impacto del arsénico no se limita a la piel. Jorge Stripeikis, director de Ingeniería Química del ITBA, explicó que la exposición prolongada aumenta el riesgo de cáncer de pulmón, vejiga y otros órganos, además de enfermedades respiratorias y alteraciones hepáticas. También puede provocar fibrosis pulmonar, que dificulta la expansión de los pulmones y la entrada de aire.

Dadic agregó que la polineuropatía sensitivo-motora es otra consecuencia: afecta los nervios de las extremidades y puede limitar el movimiento y la sensibilidad. La OMS respalda estas observaciones y advierte que el arsénico inorgánico también puede causar enfermedades cardiovasculares y diabetes.
En Argentina, las zonas más afectadas son la llanura Chacopampeana —Buenos Aires, Córdoba, sur de Santa Fe y La Pampa—, aunque también se registran niveles preocupantes en provincias del norte como Santiago del Estero, Chaco y Tucumán. El riesgo es mayor en hogares que consumen agua de pozos particulares, donde la vigilancia sanitaria es insuficiente.
La prevención más efectiva consiste en garantizar acceso a agua segura para beber y cocinar. La OMS y el ITBA recomiendan controles anuales en el agua de pozo y reforzarlos ante cambios en el consumo o modificaciones del terreno. Stripeikis señaló que tecnologías como la ósmosis inversa permiten remover el arsénico tanto en hogares como en plantas centralizadas.
El ITBA ofrece su laboratorio para el análisis de muestras domiciliarias y promueve la participación ciudadana en el monitoreo. Además, desarrolló un mapa interactivo que permite identificar zonas de riesgo y acceder a información actualizada sobre la calidad del agua en el país.
La problemática del arsénico en el agua exige políticas públicas sostenidas y conciencia social. La detección temprana y la prevención son claves para evitar que millones de argentinos enfrenten enfermedades graves derivadas de un contaminante presente en su consumo cotidiano.
Redacción Diario Inclusión ✍️










