La enfermedad del hígado graso no alcohólico se ha convertido en uno de los problemas de salud más frecuentes a nivel mundial. Se trata de una afección caracterizada por la acumulación de grasa en el hígado sin que exista un consumo excesivo de alcohol, y que suele avanzar de manera silenciosa, afectando especialmente a personas con sobrepeso, diabetes o colesterol elevado.

Según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), esta condición se produce cuando el órgano acumula un exceso de grasa en la zona superior del abdomen. Existen dos formas principales: el hígado graso simple, donde la grasa está presente pero sin inflamación significativa, y la esteatosis hepática no alcohólica, que implica inflamación, daño celular y riesgo de progresión hacia fibrosis, cirrosis o incluso cáncer.
El hígado, considerado el órgano interno más grande del cuerpo, cumple más de 500 funciones vitales, entre ellas producir colesterol, secretar bilis para digerir grasas y filtrar toxinas de la sangre. A pesar de su importancia, no es inmune a las enfermedades, y el hígado graso no alcohólico se ha convertido en la afección hepática más común a nivel global.
Uno de los mayores desafíos frente a esta enfermedad es que sus señales de alerta suelen ser sutiles o inexistentes en las fases iniciales. Por ello, muchas personas desconocen que la padecen hasta que surgen complicaciones o se detecta de manera fortuita en controles médicos de rutina.
De acuerdo con el NIH, los principales factores de riesgo incluyen el sobrepeso, antecedentes familiares de diabetes tipo 2 y niveles elevados de colesterol. En estos casos, los controles médicos periódicos resultan esenciales para prevenir un diagnóstico tardío.
En cuanto a los síntomas, en ocasiones pueden presentarse manifestaciones como cansancio persistente o dolor leve en la zona superior derecha del abdomen. Sin embargo, estos signos suelen ser inespecíficos y pasan desapercibidos en la mayoría de los casos.
El diagnóstico se basa en una combinación de análisis de sangre que muestran alteraciones en las enzimas hepáticas, estudios de imágenes para observar el tamaño y la textura del hígado, y en situaciones puntuales, una biopsia que permite analizar el tejido en detalle.
La modificación de los hábitos alimentarios es una de las estrategias más importantes para prevenir y controlar el hígado graso no alcohólico. Los especialistas coinciden en que una dieta equilibrada es fundamental para reducir el avance de la enfermedad y sus complicaciones.
Diversos estudios señalan que la dieta mediterránea es una de las más adecuadas para personas con hígado graso. Este enfoque, rico en grasas saludables como las monoinsaturadas y los ácidos grasos omega-3, y bajo en carbohidratos, promueve el consumo de aceite de oliva, nueces, frutas, verduras, legumbres y pescado, limitando productos como pan blanco, pastas y dulces.

La Mayo Clinic destaca que este patrón alimentario se basa en los hábitos tradicionales de los países mediterráneos, con un alto consumo de alimentos de origen vegetal, cereales integrales y frutos secos. El pescado, las aves y los huevos deben estar presentes semanalmente, mientras que la carne roja y los productos con azúcares añadidos deben reducirse al mínimo.
Los expertos también recomiendan evitar bebidas azucaradas como refrescos, jugos industriales y té endulzado, ya que contribuyen a la acumulación de grasa en el hígado. En su lugar, se aconseja priorizar alimentos con bajo índice glucémico, como frutas frescas, verduras y cereales integrales.
Otro aspecto clave es la reducción del consumo de alcohol. Aunque la enfermedad no está vinculada directamente al consumo de bebidas alcohólicas, incluso cantidades moderadas pueden favorecer el daño hepático y debilitar las defensas naturales del organismo.
El NIH sugiere que, en caso de sobrepeso u obesidad, se debe buscar una reducción gradual de peso acompañada por profesionales de la salud, para evitar complicaciones adicionales y favorecer la recuperación del hígado.
La prevención, en este sentido, se convierte en la herramienta más poderosa. Adoptar hábitos saludables, realizar controles médicos periódicos y mantener un estilo de vida equilibrado son acciones fundamentales para evitar que esta enfermedad silenciosa se convierta en una amenaza grave.
El hígado graso no alcohólico es un recordatorio de que la salud del hígado depende directamente de nuestras decisiones cotidianas. La detección temprana y la prevención son claves para garantizar un futuro sin complicaciones.
Redacción Diario Inclusión ✍️










