La historia de Cachafaz comenzó a mediados de los años noventa en el barrio porteño de Liniers, cuando Marta Alcaraz, tras enviudar, empezó a fabricar alfajores de maicena junto a sus tres hijos: Gastón, Leonardo y Javier. Aquellos productos caseros eran distribuidos en los kioscos del barrio, y con el tiempo, la familia amplió su propuesta con una versión bañada en chocolate.
El verdadero salto llegó en 2006, cuando los hermanos fundaron formalmente la empresa Ensincro SRL, y registraron la marca Cachafaz, inspirada en el apodo del legendario bailarín de tango Ovidio Bianchett, símbolo de picardía y audacia en el lunfardo porteño.
El mito del “ex empleado de Havanna”
Desde sus orígenes, Cachafaz estuvo rodeado de rumores. El más extendido sostiene que un ex trabajador de Havanna habría “robado la fórmula original” del clásico marplatense, dándole así su sabor inconfundible al nuevo competidor.
Aunque nunca se comprobó, el mito encontró terreno fértil en un momento clave: en 1998, la compra de Havanna por parte del grupo Excel modificó la receta tradicional, lo que generó cierta desilusión entre los consumidores. Cachafaz aprovechó ese vacío y se instaló como “la falsa Havanna”, conquistando paladares nostálgicos con un producto similar en textura y sabor.
Una estrategia de guerrilla
A diferencia de otras compañías del rubro, los Alcaraz apostaron a una distribución independiente. Según el diseñador Gonzalo Berro, quien realizó el rebranding en 2010, la marca adoptó una “estrategia de guerrilla”: en lugar de depender de grandes mayoristas, se enfocó en kioscos, supermercados chinos y distribuidores locales, logrando una rápida penetración sin grandes campañas publicitarias.
El bajo perfil de sus dueños también contribuyó a consolidar el mito. Sin entrevistas ni apariciones públicas, los creadores de Cachafaz mantuvieron un aura de misterio que alimentó la curiosidad del público.
Catupecu Machu y los orígenes compartidos
Otro capítulo curioso en la historia de Cachafaz involucra a la banda Catupecu Machu. Se dice que sus integrantes, Fernando y Gabriel Ruiz Díaz, amigos de la infancia de los Alcaraz, habrían colaborado en la primera etapa del emprendimiento, incluso generando demanda en kioscos y apoyando económicamente la creación de la fábrica.
Aunque nunca fue confirmado, el vínculo entre ambas partes es real: la empresa madre del alfajor, Ensincro, toma su nombre de una frase de la canción “Eso vive”, del disco Cuentos Decapitados (2000) de Catupecu.
Juicios, envoltorios y expansión internacional
El crecimiento de Cachafaz también estuvo marcado por conflictos legales. En 2017, la Justicia ordenó a la firma dejar de usar un diseño de envoltorio similar al de Havanna, en un fallo que llegó hasta la Corte Suprema. Otro litigio enfrentó a Cachafaz con Mondelez, propietaria de Suchard, por la similitud en los envoltorios de los alfajores de mousse.
Pese a estos tropiezos, la empresa siguió creciendo. Hoy cuenta con más de 300 empleados y una fábrica en Ciudadela, desde donde produce no solo alfajores, sino también conitos, galletitas, tabletas de chocolate y bocaditos tipo Marroc.
Cachafaz exporta a Uruguay, Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Estados Unidos, Canadá e Israel, y ya tiene presencia en free shops y locales de shoppings como Recoleta Mall y Galerías Pacífico.
El secreto del éxito
A veinte años de su creación, Cachafaz consolidó su lugar en el competitivo mundo de los alfajores argentinos combinando tradición, estrategia y una dosis justa de misterio.
¿Su fórmula? Una mezcla de sabor auténtico, distribución inteligente y una narrativa construida entre la realidad y el mito. Y aunque sus dueños sigan en silencio, su producto habla por ellos: el Cachafaz se ganó un lugar en la mesa de los clásicos argentinos.
Redacción: Diario Inclusión.










