La historia comenzó en 2010, cuando Lucas y Andrés, dos amigos sin experiencia en gastronomía, decidieron apostar por un pequeño local de menos de 20 metros cuadrados sobre la avenida Corrientes. Vendían sándwiches de miga, café y facturas. Nada más. Sin embargo, detrás de esa propuesta sencilla había observación, trabajo y una fuerte convicción: hacer las cosas bien, aprender rápido y no bajar los brazos.
El camino estuvo lejos de ser fácil. A pocos meses de abrir, una fuerte tormenta inundó el local durante toda una noche, poniendo en riesgo heladeras, mercadería y el capital de trabajo. Luego llegaron los problemas con vecinos, conflictos legales, denuncias y una clausura inesperada que los obligó a cerrar en pleno horario pico, sin saber cuándo podrían volver a abrir. “La incertidumbre es lo peor para un emprendedor”, reconocen.
Con empleados a cargo, mercadería fresca y gastos fijos acumulándose, el cierre podía haber sido el final. Pero no lo fue. Cuando lograron reabrir, las ventas cayeron drásticamente y llevó meses recuperar el ritmo. Aun así, decidieron seguir apostando: incorporaron personal, tecnología, sistemas de gestión y ampliaron la oferta de productos.
El crecimiento los llevó a mirar más allá del mostrador. Comenzaron a vender de forma mayorista, primero medialunas y luego panificados para hoteles, empresas y grandes clientes. Llegaron a producir mil docenas de medialunas por día, lo que les permitió despegar del punto de equilibrio y reinvertir para seguir creciendo.
El verdadero giro llegó casi por casualidad. Un conflicto con una obra lindera, que generaba ruidos constantes y hacía caer las ventas del salón, los obligó a repensar el negocio. En lugar de resignarse, hicieron una pregunta clave: ¿y si les vendemos almuerzos a los trabajadores de la obra? Así nació el modelo de viandas corporativas que luego se expandió a otras obras, oficinas y empresas.
Ese hallazgo dio origen a Social Lunch, una de las dos unidades actuales del grupo, junto con Su Chef, dedicada a productos de quinta gama para el sector gastronómico. Hoy, el Grupo Tronchetto abastece a más de 250 clientes, ofrece decenas de opciones diarias a través de una aplicación y sigue creciendo.
La historia de Tronchetto no es solo la de una empresa que creció, sino la de dos emprendedores que entendieron que cada crisis esconde una oportunidad. Donde hubo inundaciones, clausuras, pandemia y miedo a cerrar, también hubo aprendizaje, adaptación y visión. Y es justamente ahí donde nace el verdadero espíritu emprendedor.
Redacción: Diario Inclusión.










