Parmalat, la gigante italiana de productos lácteos que en los años 90 era considerada “la Coca-Cola del mundo lácteo”, cayó estrepitosamente en diciembre de 2003 tras revelarse un fraude de proporciones colosales. La empresa, dirigida por Calisto Tanzi, había construido su imperio sobre una compleja red de mentiras, sociedades offshore y balances falsificados.
Lo que parecía un modelo de éxito internacional —con más de 150 fábricas en 35 países, incluyendo Argentina— era en realidad un castillo de naipes financiado con deuda y manipulaciones contables. Tanzi desvió más de 500 millones de euros para fines personales, incluyendo la compra de obras de arte de Picasso y Van Gogh, mientras la empresa inflaba ingresos, simulaba ventas inexistentes y mentía sobre activos multimillonarios en paraísos fiscales como las Islas Caimán.
El colapso de Parmalat afectó a miles de inversores, empleados y productores, y salpicó a grandes bancos y auditoras como Deloitte y Grant Thornton. El caso llevó a prisión a varios ejecutivos, entre ellos el propio Tanzi, quien fue condenado a 17 años de cárcel, y se convirtió en sinónimo de corrupción empresarial.
Tras un proceso de reestructuración, Parmalat fue adquirida por la francesa Lactalis en 2011, pero su nombre quedó marcado por uno de los fraudes más descarados del siglo XXI.
Redacción: Diario Inclusión.










