El ministro de Economía, Luis Caputo, consiguió un Repo con bancos internacionales utilizando como garantía bonos con vencimiento en 2035 y 2038, lo que permitió cubrir compromisos por u$s4.300 millones en Bonares y Globales. La operación, presentada como un éxito de gestión, refleja la estrategia oficial de “patear la lata” y ganar tiempo frente a un calendario de vencimientos cada vez más exigente.
La narrativa oficial insiste en que se logró “estabilidad” y “confianza”, pero los datos muestran otra realidad: el riesgo país trepó a 575 puntos básicos, mientras las reservas netas del Banco Central se mantienen en terreno negativo, con un déficit cercano a los u$s16.000 millones.
El Gobierno celebró también el canje de letras atadas al dólar por $3,4 billones, con una aceptación del 64,19%. Sin embargo, antes de fin de mes vencen unos $31 billones, equivalentes a u$s20.666 millones, y en el primer semestre de 2026 los compromisos superan los $87 billones (u$s58.000 millones). Cada operación de corto plazo se presenta como “consolidación del programa”, aunque en la práctica se trata de apalancamiento financiero.
La estrategia de Caputo se apoya en la comunicación: más que en comunicados oficiales, el ministro utiliza su cuenta en X para instalar la idea de que la deuda no es nueva, sino un mecanismo para cancelar compromisos heredados. En paralelo, acusa a la oposición de haber sido el gobierno que más deuda tomó en la historia.
La economía argentina se ha convertido en una obra de teatro financiero, donde las palabras reemplazan a los resultados. Conceptos como “normalización monetaria” y “disciplina fiscal” funcionan como liturgia, mientras los ciudadanos enfrentan precios en alza y salarios deteriorados.
El auxilio discursivo internacional también juega su papel. Las promesas de líneas de crédito por u$s40.000 millones desde Estados Unidos se diluyen en anuncios sin concreción, dejando al Tesoro al borde del default. El relato se sostiene, pero la realidad financiera se agota.
Las reservas, más que dinero, son un relato. Cada dólar contabilizado tiene un doble: uno real, escaso y fugaz; y otro contable, abundante pero inexistente. La alquimia financiera transforma pasivos en narrativa y déficits en esperanza.
Lo más inquietante es que el Gobierno parece creer en su propia construcción discursiva. Cada mensaje oficial se presenta como una homilía macroeconómica: “el peso se estabiliza”, “la deuda baja”, “la inflación cede”. En los hechos, la economía no genera dólares, sino relatos sobre dólares.
La Argentina del Mileísmo se configura como un argumento más que como un país. Los ministros hablan como traders, los traders como predicadores, y los analistas en redes como trolls financieros. La gestión se reduce a administrar ficciones, mientras la sociedad sobrevive en cuotas y mide su bienestar en dólares.
El experimento Milei-Caputo quedará en la memoria como una hazaña estética del neoliberalismo: haber confundido austeridad con orden y endeudamiento con solvencia. Cuando la euforia termine, quedará un país exhausto, donde los ciudadanos ya no creerán ni en la mentira ni en la verdad.
✍️Redacción Diario Inclusión.










