El futuro del dólar en 2026 no estará definido por las bandas cambiarias ni por los anuncios oficiales, sino por un factor que el Gobierno no controla: cuántos dólares decida comprar la gente. Así lo plantearon los economistas Maxi Montenegro y Pablo Goldin, quienes pusieron en duda la solidez del esquema cambiario presentado por el Ejecutivo.
Durante el último año, la Argentina contó con una oferta excepcional de divisas. Entre el superávit comercial y el ingreso neto de capitales privados, el mercado cambiario recibió más de 30.000 millones de dólares. Sin embargo, lejos de fortalecer las reservas, esa masa de dólares fue absorbida casi en su totalidad por personas físicas, destinadas al ahorro y al turismo.
El resultado fue contundente: ni el Banco Central ni el Tesoro lograron comprar dólares en cantidad, y cualquier intento de hacerlo habría empujado el tipo de cambio contra el techo de la banda. Un escenario que, según los economistas, no debería repetirse en 2026, pero que sigue siendo una posibilidad concreta si la demanda privada se mantiene elevada.
Para que el plan oficial funcione, el Gobierno necesita que los argentinos reduzcan drásticamente su apetito por el dólar. Las estimaciones indican que la compra mensual debería ubicarse entre 1.000 y 1.500 millones de dólares, lo que implicaría un total anual de 12.000 a 15.000 millones, es decir, la mitad de lo comprado este año. Cualquier cifra superior volvería a dejar al Estado sin margen de maniobra.
En ese contexto, el discurso oficial que asegura que “el dólar flota” y que “no hay indexación” aparece, como mínimo, incompleto. Si bien el Gobierno sostiene que solo se ajusta el techo de la banda y no el tipo de cambio, el propio esquema reconoce que el dólar está peligrosamente cerca de ese límite, una situación poco compatible con una banda cambiaria sana y creíble.
A esto se suma otro punto sensible: el cambio de prioridades. Según el análisis, el Ejecutivo parece haber relegado el objetivo de una rápida desinflación para priorizar la acumulación de reservas y el crecimiento, aun cuando eso implique convivir durante más tiempo con una inflación mensual en torno al 2%.
Además, el esquema queda expuesto frente a cualquier shock externo. Una caída en la oferta de dólares, un empeoramiento del contexto internacional o un simple cambio de expectativas puede llevar al mercado a testear nuevamente el techo de la banda. En ese caso, el Gobierno se vería obligado a vender dólares para contener el tipo de cambio, una contradicción directa con su objetivo de fortalecer las reservas.
En definitiva, más allá de los anuncios y las explicaciones oficiales, el diagnóstico es claro: el plan cambiario del Gobierno depende de que la gente deje de comprar dólares. Una apuesta riesgosa en un país con larga historia de dolarización, donde la confianza suele ser el recurso más escaso.
Redacción: Diario Inclusión.










