La postal se repite, pero no por eso deja de indignar. En Tartagal, la inseguridad golpea una y otra vez a los mismos: trabajadores, jubilados y vecinos que intentan sobrevivir en barrios olvidados por el Estado. Esta vez, la víctima fue una mujer de 74 años del barrio Santa Rita, conocida por vender pan casero todos los días para sostener su hogar. Mientras dormía, delincuentes arrancaron la reja de su vivienda y se la llevaron como si nada.
El robo ocurrió entre las cuatro y las cinco de la mañana. La casa estaba en silencio. Horas antes, la mujer se había acostado a descansar luego de una larga jornada de trabajo. Recién al amanecer, cuando los niños y familiares se levantaron, descubrieron que la reja de la esquina ya no estaba. La vivienda había quedado totalmente abierta, sin ningún tipo de resguardo.
“Mi mamá no lo puede creer. Está asustada, con la presión alta y problemas auditivos. Quedó completamente expuesta”, relató su hija, visiblemente conmocionada. La mujer mayor dudó en hacer la denuncia por miedo a represalias. “Tiene temor de que vuelvan, de que la vuelvan a robar. Ese es el nivel de miedo con el que vive la gente acá”, explicó.

Según la información recabada, al menos tres personas participaron del robo. No fue un hecho improvisado: actuaron en grupo, forzaron la estructura metálica, la retiraron y la cargaron para venderla como chatarra. “Hoy se roba cualquier cosa que sea metal. Rejas, portones, alambres, lo que sea. Todo termina en la venta ilegal”, denunciaron los familiares.
La bronca no apunta solo a los delincuentes, sino también a un sistema que los habilita. La compra clandestina de chatarra funciona sin controles y es señalada como uno de los principales motores de estos delitos. “Hay lugares donde compran sin preguntar de dónde sale lo robado. Nadie controla nada. Después pasan estas cosas y nadie se hace cargo”, remarcaron.
A esto se suma el abandono urbano que padecen los barrios. Vecinos denunciaron calles completamente a oscuras, luminarias que no funcionan, esquinas cubiertas de malezas y falta total de mantenimiento. “Con esta oscuridad, con los yuyos altos, los delincuentes hacen lo que quieren. Es tierra liberada”, señalaron.
La víctima no es una persona ajena al barrio. Por el contrario, es alguien que siempre tendió una mano. “Hace pan todos los días. Muchas veces regaló comida a los mismos que hoy delinquen. Es una persona de trabajo, un ejemplo”, contaron. La indignación es aún mayor porque, según relataron, algunos de los autores serían conocidos de la zona. “Son los mismos de siempre. Los que pasan todos los días y nadie controla”, lamentaron.
El caso vuelve a exponer una realidad que en Tartagal ya no sorprende: robos constantes, denuncias que llegan tarde o nunca se hacen, barrios enteros viviendo con miedo. “Acá roban todos los días. Hoy fue mi mamá, mañana puede ser cualquier vecino. Vivimos encerrados mientras los delincuentes andan sueltos”, advirtieron.
Mientras la familia intenta recuperar la reja y la policía avanza con la investigación, una mujer de 74 años duerme en una casa sin protección, atrapada entre el miedo y la impotencia. Otro hecho más que deja al descubierto que en Tartagal la inseguridad no es un hecho aislado, sino una consecuencia directa de la falta de presencia del Estado y de un abandono que se siente, todos los días, en cada barrio.
Redacción: Diario Inclusión.













